Piedras

Si se mira a la distancia y con el reflejo del sol en el pavimento pueden parecer conchas en la playa. La luz de la tarde les da un brillo que incluso, desde algún ángulo, simulan un campo de flores. Pero no. Son piedras que han quedado de la batalla diaria, después de la guerrilla social de una semana. Leer más “Piedras”

Resignación

¡Casi me atropellai maricón! Y siguió golpeando la olla en la ventana del conductor para asustarlo. Inmediatamente se acercó más gente al auto. Todo cayó en un ruido aparatoso. Explotó una euforia desmedida. El chofer pasó de la indignación a la sonrisa en segundos, por miedo a verse golpeado por la masa que lo rodeaba. Tuvo que esperar a que lo dejaran pasar. Se dejó vencer por los cacerolazos. ¡Estamos en la misma mierda, hueón! ¡ahora te reí! Leer más “Resignación”

De la mano

El desarrollo de las historias que van a ninguna parte es silencioso. Dos personas de la mano caminan por el parque. Desde aquí no podría decir si se aman o si están juntos porque no quieren estar solos. La soledad es difícil y derrota hasta al corazón más vigoroso. No los culpo si fuera eso, nos pasa a todos. Nadie quiere morir, aunque sepamos que sucederá. Para eso está el cielo después de la muerte, y antes el amor.

Botellas

Ya no sé si las cosas contienen botellas o las botellas contienen. Hay botella para todo. De un momento a otro pasó algo parecido a lo que describe Ortega en La rebelión de las masas: no solo los lugares están llenos sino que ahora, además, todo está repleto de botellas. El actor secundario pasó a ser actor principal. Hay de todos los colores, todas las formas, todos los materiales y para todas las labores. El recipiente como protagonista. El receptor, pasivo, que ahora es activo.

Temporalidad

No sé a dónde voy cuando me pierdo en el tiempo. Dos cosas. La primera: mis amigos me han dicho lo joven que me veo. Probablemente es verdad que me he perdido en el tiempo. Aunque creo que algo así no pueda ser cierto. Pero no entiendo bien la realidad, y me es difícil describirla tanto como a sus posibilidades. Lo segundo: he estado en un trabajo en donde el tiempo desaparece. Donde las semanas pasan como si fueran días. La elasticidad del tiempo en este lugar parece obedecer a reglas particulares, más psicológicas que físicas. O bien, más oníricas que reales.

Pensado de esta forma, perderse en el tiempo, en ambos casos, podría ser perfectamente posible.

Árbol

I

Un árbol perdido en el espacio me separa del mundo. El tiempo pasa. El viento va como una fibra diminuta entre sus hojas. Se podría pensar fácilmente que el árbol se mueve solo. Y es cierto, se mueve. Un movimiento causado por él y por el viento. Se mueve y se deja mover. Está ahí, a disposición del movimiento, acusando el movimiento que nosotros no vemos. Leer más “Árbol”

Vagina IV

Sacas el pene de la piel carnosa y blanda de la vagina e inmediatamente el tajo se cierra. Ves cómo sus labios se contraen lentamente. Una fosa pequeñita y ovalada que dice «o», al mismo tiempo que la boca de ella, su dueña, lanza un gemido también pequeñito. Te acercas y  asomándose con pudor hay un bultito rosado que apenas se ve. Y debajo, decorando esa carne fresca, una baba blanca que moja los bordes inferiores. Leer más “Vagina IV”

Noche

Suena la sirena de bomberos a lo lejos, se viene acercando. Es otra noche sin dormir. Acabo de terminar un relato que estará próximamente publicado. En la mesa hay ocho libros apilados. Se les ven los marcadores de colores en el borde de las hojas. Es un espectáculo visual. Como unos monstruos con las lenguas afuera. De las otras habitaciones se escuchan murmullos, golpes de bultos que caen o azotan contra el piso. Son sonidos que terminan estrellándose contra algo blando y mueren ahí, secos, en la oscuridad. Hace meses que los vengo escuchando. Será mejor que avise a alguien, que lo comente. Estoy seguro que los otros reos también los han escuchado.

Vagina III

Las vaginas monstruosas son atractivas. Tienen esa boca chueca y negra como si te fueran a comer. Los labios salen como una mandíbula tentacular que te chupará entero, empezando por tu pene. Te mira absorbida. Y su cara no se parece a la de su dueña. La cara de su dueña no da señales de que su boca de abajo tiene hambre. Esa boca abierta y jugosa te pide algo, y solo quiere ser saciada. Su aspecto irracional también te dice, claramente, y sin palabras, que necesita la misma locura que muestra. Vive en esa dimensión. Ha hecho suya la extraña lógica que está al margen de la línea acartonada de la racionalidad y las formas apolíneas. Necesita satisfacer su desenfreno y te avisa con su cara, con esa pose que denota su deseo, que no ha podido sostenerse más hiriéndose a sí misma. El deseo hiere. El deseo que intenta contenerse en un pedazo de carne pegajoso, húmedo, cabelludo. Porque nada puede sostener el deseo, ni el propio cuerpo.