La estética calavera

De la influencia de los calaveras en el Nuevo folclor de Talca

“Un pueblo es el rodeo que da la naturaleza
para llegar a seis, a siete grandes hombres.
– Sí: y para eludirlos luego”
Friedrich Nietzsche

DICEN que todo empezó cuando en los parques del fondo de la Universidad Católica del Maule, la mesa, que cuelga de los límites del campus de Talca, comenzaba a brotar recién del suelo húmedo. Y los nudos de madera de sus patas aún no se enroscaban enteramente fuera de sí para crecer y endurecerse. Cuando su superficie era de tierna tabla fue por primera vez que los estudiantes de filosofía apoyaron sus codos en ella. Con sus recipientes de tinto y cerveza. Con sus balbuceos llenos de ideas prometedoras. Y en medio de la danza borracha de la creación naturalista parieron las primeras sonatas de un ritual imperecedero, por el que muchos han pasado y seguirán pasando.

Y he escuchado algunos murmullos de las musas que aún recuerdan a los dioses, que ahora están aposentados en el Olimpo de la facultad, compartiendo con los estudiantes las jugosas libaciones concedidas a las fuerzas que mueven en ciclos al fecundo valle maulino. Antes, todavía, de que las bicicletas fueran domesticadas. Porque, como se sabe, las bicicletas, antes de ser cabalgadas por hidalgos caballeros que surcan la ciudad y el desolado campo a la intemperie, eran seres que deambulaban salvaje y libremente por el valle, hasta que en una extensión de nuestra propietaria humanidad las domesticamos.

El viento canta que fue precisamente un tal Piedra, uno de los más nombrados en el horizonte tardío de personajes educados alrededor de los rituales de la mesa. Y aunque su figura está fresca en la memoria de muchos, se sabe poco de él y solamente se conocen algunas características de su forma de vivir, pues de eso se ha cantado mucho. Y una de las cosas que el viento murmura es que vivía de manera existencialista, con una filosofía de vida que era mas o menos poética. Es esa pasión la que caracterizaba su actitud, y por esto mismo su apodo, el Piedra. Por la manera, dura, abrupta y precipitada que tenía de manifestar sus inquietudes espirituales. Pero no fue lo único que se canta de él, sino también otras cosas que le son tanto características como accidentales. Entre ellas la costumbre de fumar tabaco, en pipa o en pitillos autoconfeccionados, y de engullir el buen tintolio, preferentemente de día, sin pudor alguno de la fauna universitaria que lo miraba, ya a esa altura, como un calavera.

Se rumorea que el Piedra conoció al Conejo en la universidad, y mientras asistían a las clases de Epistemología y Ontología se hicieron inseparables. Entre cada curso el Conejo fue alimentando su espíritu con la magia de su amigo y se hizo portador de los atributos que le regalaba el tiempo que pasaban juntos. De este vínculo fue surgiendo, entre viaje y viaje a la mesa, una especie de “cofradía” que posteriormente derivaría en algo así como un discipulado inspirado en la imagen de estos dos próceres.

La gracia del Conejo iba más allá de ser solamente un ingrediente decorativo de la fama que el Piedra administraba cada vez con mayor osadía. Además de tener aspecto apolíneo, por el cual muchas jóvenes musas aún suspiran, tenía la hazaña de haber sido uno de los primeros en domesticar uno de esos metálicos cuerpos animados llamados con el humano sustantivo de bicicleta. Así es, él fue quién incorporó el uso del camello como medio de transporte y coronó una estética que con el tiempo los distinguía del resto de los seres animados de la universidad. Y varios han escuchado una serie de relatos que son coincidentes en advertir al Conejo paseándose en bicicleta, lenta y despreocupadamente, desde la entrada hasta la mesa, fintando a los estudiantes, académicos y funcionarios que corrían llenos de obligaciones por los patios para poder cumplir con el fin de semestre.

Eso no es todo, porque se canta que fue con el Checa, el tercer personaje que hizo que este discipulado completa un triángulo definitivo que le da gran fama. El Checa no era de Filosofía, sino de Ciencias. Pero eso no importó al hacer buenas migas con los otros. Al contrario, como pertenecía a otra matriz conceptual ayudó a ampliar la mística. Pero lo más importante es que él agrega un elemento fundamental. Elemento que ya se vislumbraba desde los inicios poéticos del Piedra, y que termina dándole el sello distintivo a cualquier influencia que estos personajes puedan tener en la posteridad: la música. Así, con un poco de poesía, un poco de filosofía, otro poco de música, tinto, tabaco y bicicleta queda marcada, en las bellas voces de las musas, la estética calavera.

Yo mismo, bajo los efluvios del éxtasis que las sacerdotisas paganas dispensaban en la noche me conmoví con la presencia, mágicamente envolvente, del Checa entonando canciones tan bellas como La María, en un ritual inolvidablemente húmedo. Por eso, no hay que ser temeroso al advertir la sintonía que tienen las canciones de Evelyn Cornejo, una de las cantautoras maulinas más conocidas del movimiento del Nuevo folclor chileno, con la influencia estética que cargaba, quien fue su buen amigo, el Checa. En definitiva, no hay que desmerecer la influencia de toda esa tradición de estudiantes calaveras que eligió la vida en la mesa que está en el fondo de la universidad. 

Talca, 2008

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