La batalla perdida

Retrato de un escritorio

“Por lo que más se nos castiga es por nuestras virtudes.”
Friedrich Nietzsche

I

TONTA REALIDAD. Como si los dioses no nos hubiesen advertido lo suficiente. Como si las generaciones de materia que vagan por la tierra no tuvieran algún tipo de memoria. Hoy por la mañana, al sentarme en la oficina para intentar hacer, otra vez, el informe que me ha pedido mi jefe hace semanas, fui testigo de un espectáculo terrible. Todos los objetos que estaban en mi escritorio, en un ataque de incomprensible heroísmo e irracionalidad, le declararon la guerra al tiempo. Yo inmediatamente supe que sería una pelea despiadada y cruel. Por eso, de puro curioso, y con riesgo de que me echaran de la pega, estiré los pies sobre el escritorio y me acomodé en el asiento para observar con atención el desenlace de esta espantosa tragedia.

Sobre el escritorio los escuadrones de cosas, dispuestos a la insurrección, estaban preparados para este suceso inverosímil. Ahí yacían estoicas, las enjutas carpetas, el carcaj de filosos clips, un polvorín de tintas y sus fusiles lapiceras, una corchetera con armadura amenazante y robusta, el panóptico ciclópeo de la lámpara, algunos retazos de comida, y más atrás la artillería pesada: la impresora, un diccionario y la cafetera. Insisto, no había ninguna posibilidad, pues ni con ayuda del homérico Aquiles, tendrían opción. Debo confesar, eso sí, que tuve el secreto deseo de que el sinsentido me sorprendiera. Pero esa ilusión murió rápidamente cuando advertí, con mis propios ojos, cómo el tiempo, en una emboscada imperceptible, brotó por todos lados con irrespetuosa soberanía.

II

Comenzó silenciosamente. Lo primero que descubrí fue el polvo, una pequeña muestra de la inconmensurable fuerza del paso del tiempo sobre todas las cosas, sobre el escritorio, sobre mi propio cuerpo. Tuve miedo. Como si esa mínima demostración de poder fuese la advertencia a cualquier resistencia. Como si dijera: tengo muchas formas, y nada se me resiste. Cada escurridiza forma vestida por el tapiz de imperceptible suciedad. Y como pequeñitas larvas que cuelgan de los cuerpos, las pelusas se montaban en el detalle de cada cosa. Hasta de mis zapatos, que recién había puesto sobre el escritorio.

Mientras divagaba, y sin aviso, el tiempo ya ha hecho lo suyo con las carpetas. Me resistía a mirar con tanto detalle algo de tan poca importancia como lo son unas simples carpetas de cartón. Con las puntas arrugadas y gastadas, con los bordes abiertos, mostraban las huellas de una despiadada carnicería. Pero eso no era todo. Sobre la piel ajada de su fachada había una gran grieta que la atravesaba de arriba a abajo, y eso, a la vista de cualquiera, era el signo irremediable de su expiración.

Me sentí ingenuo. Creer que las cosas pueden zafarse del tiempo y permanecer inmutables. ¿Cómo esperar algo de los clips? ¿Qué podrían hacer contra el tiempo unos palillitos de metal doblados? No me equivoqué. Porque se quedaron retorcidos de miedo, paralizados al vislumbrar a su oponente. En varios de ellos vi que la gangrena mineral del óxido se tragaba de a poco sus cobardes cuerpos. Y como sucumbieron los clips, también lo hicieron las tintas y las lapiceras. Aunque de ellas esperaba mucho más. La tinta y el lápiz siempre han peleado para preservarse en el tiempo. Para disputarle a la muerte y al olvido con el sello de sus rayados. Estaba expectante. De las lapiceras, que sacaban pecho militarmente. Del BIC atrevido, franco, esbelto, que está siempre dispuesto a todo, y confunde a cualquier enemigo con su cuerpo transparente. Sí, de ellos lo esperaba todo, pero, pensé que los lápices sin la gracia del escritor no son nada. Y se quedaron allí, tullidos por la inmensidad de lo eterno y se arrojaron al tiempo. Me sentí angustiado. Todas mis especulaciones eran ciertas. Extraña y confusa realidad. ¿Cómo le encontraré sentido si me hace dudar y me llevas al más absoluto desconcierto?

III

Desde ese momento todo sucedió más o menos rápido. La corchetera naufragó en la indecisión y perdió toda trascendencia. Sus contornos gastados, manchado por manoseos, la relegaron, ultrajándola de tiempo por todos lados. Lo de la lámpara fue un espectáculo terrible. Jamás olvidaré el espanto que me provocó verla tan confundida en el campo de batalla. Con el ojo cerrado mirando hacia el piso. Perdida en la desesperación de saber su rotundo final. No, ese no era el firme faro que iluminó mi escritorio cuando naufragaba, solo en la noche, tratando de terminar los informes que me pidieron y que nunca realicé. Esa no era mi devota compañera. Era un triste foco sumido en la consternación. Cabizbaja, desahuciada, con la mirada perdida, lamentando lo que hizo y lo que no, sin entender ni aceptar el destino que le habían trazado.

El día se iba. Todo había pasado tan rápido y el espectáculo era concluyente. En el escritorio quedaba una bolsa de té inerte. Ni siquiera pensé en hacer algo por ella. Seguramente, antes de morir habrá fantaseado con bellas valkirias que la llevaban a descansar en un campo fragante de arbustos de manzanilla y siete venas. O tal vez solo se dejó ir, sacándose a la intemperie, con una clara intención taxidérmica, como lo hacían algunos sabios incas. No lo sé. Lo cierto es que la taza que esperaba alguna señal para saltar sobre aquel enemigo invisible se encontraba seca, manchada y decrépita por el tiempo que envejece estos trastos rápidamente.

En la penumbra lo que quedaba únicamente era la artillería pesada. La impresora, enorme chatarra de ideografía artificial, sufrió la avasalladora nostalgia del desuso. El paso de los días ha dejado su diseñado cuerpo fuera de servicio. Y el diccionario, quieto, estirado, salvajemente corroído. Como un falucho contra el oleaje fue ultrajado con furia. Quedó con un macabro aspecto de plumaje florido y puntas crispadas. Los conceptos que estaban atrapados en esa jaula de papel se rompieron como cristales. El tiempo los devaluó. Y las palabras fueron a dar al suelo, expulsadas por el exorcismo gramatical del habla viva.

Llegada la noche, el último combatiente emergió audazmente de la sombra con un estruendoso rugido. Quiso reavivar la lucha. La cafetera, épicamente, secretó su excitante licor. Lanzó feroces ronquidos y grandes nubes de vapor para darle ánimo a sus camaradas. Porque ese olor que persiste, esa vitamina dulce, agria y penetrante, que asemeja la tierra vivaz de donde nace su fruto, era, en definitiva, un gran arma de la resistencia. Pero ya sabemos lo que ocurrió. El día pasó y la noche tiñó la pieza con su opaca piel. Todo fue llevado a la oscuridad, de donde ni siquiera la viveza de Ulises, el de muchas tretas, podría sacarlas. Y el vapor frutal de la cafetera se perdió. Y el enérgico aroma del café se apagó lento como una braza. Y las cosas se hundieron en la negrura. No hubo formas. No hubo nada más que manchas y difusas figuras. La batalla había terminado.

IV

Realidad desquiciada. Jamás había visto ni escuchado de una cruzada más estéril que esta. Las cosas luchando contra el tiempo. ¡Que barbaridad! Siempre sospeché que era una guerra perdida. Pero ahora concluí, definitivamente, que ninguna cosa puede vencerle. Después de esta batalla supe que todas las cosas de mi escritorio están presas del tiempo. También la pieza. Y yo en ella. Y ahí me cayó la teja. Y pensé. Si el tiempo no perdona, me vi en la desesperante situación de tener que atender a su avance. Con ello, a mi deber, a mi trabajo. Sentí un insano dolor de estómago. Ni siquiera había empezado el informe que debía entregar hace semanas. Bajé los pies del escritorio y me revisé los bolsillos para buscar el teléfono. Quise llamar a mi jefe y explicárselo. Pero, ¡cómo le explicarle algo así! ¡Es descabellado! No, será mejor un correo electrónico. Prendí el computador y envié lo siguiente:

Aunque quise, no pude terminar el informe en el que he trabajado estas últimas semanas. Le aviso, para que lo entienda. Me he sumido en el trabajo pero los pensamientos no me dejan terminar mi tarea. Le reitero, para que lo pueda entender.
Esta vez ha muerto mi madre.

Sorprendentemente, mi jefe lo creyó. Y hasta me dio un día libre para el duelo. Cuando volví al trabajo en la oficina me trataban con especial amabilidad, y el informe que tenía que hacer se lo habían encargado a Rojas, que lo terminó en la misma mañana. Mi puesto fue cambiado al lado de la ventana. Por lo que me dijeron, estaban preocupados por mi salud. Y como saben que soy un poco fantasioso querían que me distrajera de la muerte de mi madre, y de otros familiares ocurridas semanas anteriores, mirando el paisaje por la ventana.

Talca, 2011

Un comentario en “La batalla perdida”

  1. «Devora todas las cosas: /aves, bestias, plantas y flores; /roe el hierro, muerde el acero, /mata reyes, arruina ciudades/ y derriba las altas montañas.» Es un hecho que el Tiempo, al igual que la Luz , es materia. Y como toda materia está sujeto a la gravedad. Realidad espeluznante.

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