Confesión de un ex seminarista

Nota sobre el florecer espiritual hacia el ateísmo

“¿Habéis oído?
Ése es el ruido siniestro de los pechos cerrados.
Abre la puerta de tu alma y sal a respirar al lado afuera.”
V. Huidobro. Altazor

I

COMENCÉ A sentirme raro. Saqué la tetera del brasero y la llevé a la mesa. Tomé el mate, le eché una cucharada de azúcar, una hoja de ruda, vertí el agua y volví a sentarme.

Me sentí como tullido. Como si estuviera envuelto en una tela transparente y sin peso que sujeta todo lo que de mí tiene ganas de brotar. Como si de repente los párpados del día hubiesen bajado para descansar en el sueño del sin sentido. Me sentí solo.

Ya son tres semanas que he vuelto del seminario y mis familiares, sobre todo mis padres, todavía piensan que lo que me pasa es algo momentáneo. Creen que tarde o temprano, y estoy seguro que suponen que será antes del próximo mes, volveré a Santiago.

Me aflige que piensen eso, y de alguna forma los entiendo. Aún se aferran a la esperanza de que yo sea un sacerdote. Tonterías. Cómo decirles que he perdido, en el transcurso de mis tres años en la capital, todo interés por esa pálida realidad que es ahora para mí el sacerdocio. Ni siquiera yo lo entiendo bien.

Mi alma se ha marchitado, y tengo el corazón mustio. Cuando los maestros insistían en recordarnos la culpa del pecado original me venía una congoja en todo el cuerpo: las manos me sudaban, el cuerpo me tiritaba desde el cuello hasta la planta de los pies de puro frío y temor. La maniobra era insistir en eso a cada instante, porque yo, y otros tantos que seguían aún en formación, hubiesen querido olvidarlo, o jamás saberlo.

No recuerdo cómo, ni con qué interés un día, hojeando libros en la biblioteca del instituto de filosofía, tomé uno que se asomaba en lo alto del estante; tal vez fue curiosidad, porque se veía envejecido y oscuro, como esos ancianos que están en los pueblos mirando cómo la gente pasa. Lo tomé y no pude dejarlo hasta que salí del seminario. Fue mi único compañero en la larga decisión de dejar el ascetismo que me mataba silenciosamente como un cáncer.

Hace frío. Parece que el calor del brasero no es suficiente para cobijarme del frío maulino. Eso me hace pensar, o recordar, que la existencia le pide más a uno, y que no sirve esconderse así de las penurias.

No recordaba el clima de esta zona. No recordaba cómo era la humedad de la tierra. Ni el olor a salvaje vegetación.

Me sirvo sólo un mate más. Dejo que una pelota de miel se derrita con un chorro de agua hirviendo en la yerba. El vapor se pierde en el techo de la pieza adoptando un sin número de gráciles formas, que desaparecen en la nada.

La tarde comienza a oscurecer. El día muere, pero yo siento que nuevos deseos nacen en mí.

II

¿ME HAS ABANDONADO, Dios mío? ¿Me has dejado huérfano a merced de la jauría en la que conviven los hombres? ¿De sus juicios defensivos?

La noche es mansa. Abundan los ladridos de perros. Uno que otro automóvil. Algún chiflido a lo lejos.

¿Me has dejado sólo, Dios? ¿Qué me quieres decir en esta oscuridad donde me encuentro? No escucho tu voz. Solo escucho ladridos y lejanas voces.

III

HUBO UN tiempo que pensé en negar todo tipo de espiritualidad. Al principio, cuando comencé a sentir este extraño sentimiento de disconformidad, de hartazgo, de sin sentido, quise arrepentirme de lo que había hecho, de lo que había amado.

Hoy, viéndolo con moderada distancia, lo pienso de manera distinta. Por ser muy joven vi en la negación la única forma de encontrar una rápida salida a este dolor. Pero el mundo, naturalmente, me ha mostrado una nueva verdad. Una verdad en la belleza.

Hay espiritualidad en la belleza. Si es eso es un ateísmo lo veré después. No estoy hoy día pensando en discurriemientos teológicos. Me importa estar bien. Y me siento bien observando el misterio que hay en toda cosa que se me presenta como “bella”.

Negar mi espiritualidad fue como negarme a mi mismo, de ahí esas ganas de autodestruirme, en definitiva, de morir. Lo viví así en el seminario. Todo allá me empujaba a aceptar una única realidad que era la de Dios. La de Dios mediada por la religión. Por la religión católica. Catolicismo revelado por sacerdotes ebrios de poder. Pero hoy he descubierto otras verdades. Y me siento cómodo así.

¿Te he traicionado Dios mío? ¿Te he matado?

Déjame vivir esta vida que luego seré tuyo, por la eternidad.

El campo despierta. Empujado hacia arriba por el vapor. Se levanta como un hombre se levanta al trabajo. Y se prepara, para mí. Como yo me preparo para el. Así, yo despierto a la belleza de la naturaleza.

Prefiero vivir aquí, en el campo, a estar en la ciudad atrapado. La ciudad de las obligaciones. De las vidas moldeadas por fríos y ajenos límites. La falsa ciudad de almas vacías. La ciudad sin fe.

La felicidad, para mí, está en la vida propia.

4 opiniones en “Confesión de un ex seminarista”

  1. El frío maullido cuela los huesos (?). Ahora extranjero en la propia tierra veremos el caos de la tempestad en el cuerpo. Recuerdo al seminarista con su libro bajo el brazo, o bien bajo la copa adornada de tinto. Quién no le temió a la culpa, recuerdo la clase de concupiscencia, cuando nos dijeron que éramos sucios y mal hechos, que la perfección se alcanza sólo por medio de otro que viene a salvarnos del castigo que el mismo padre a creado.

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