Departamento vacío

Sobre habitar el vacío

«Qué extraño, qué conmovedor que esta duración sea tan frágil.
Nada puede interrumpirla y todo puede quebrantarla.»
Jean Paul Sartre. La Nausea

LLEGAMOS a ver el departamento a últimas horas del día. Abrimos la puerta y entramos. Me miraste con una cara que reconocí inmediatamente. Te gustó. Recorrimos la sala y nos deslumbramos con el ventanal y la terraza frente al Calle-Calle. Te enamoraste del departamento, de la vegetación, de ese río, del lugar. De todo, en la hermosísima Valdivia. A mí me pareció algo helado, pero la terraza me convenció. Empezar juntos ahí era maravilloso. Tu voz emocionada bailó en el vacío, y colgándote a mí dijiste quedémonos. Sin pensarlo acepté.

Fuimos acostumbrándonos a la encantadora Valdivia. A sus húmedas avenidas. A sus días grises e introvertidos. A su frío que te hace buscar el calor del hogar. Los primeros meses los vivimos eufóricos. Después de nuestras obligaciones íbamos, diariamente, a descubrir un nuevo rincón. Gozamos las ferias, las exquisitas comidas alemanas. Disfrutamos los encantos del Calle-Calle y la gracia de su silenciosa gente.

La lluvia del sur es hermosa. Jamás olvidaré cómo nos amábamos mientras afuera llovía. Qué belleza. Y esa noche en que me mostraste el audio de Cortázar detallando una lluvia en París. “Yo no sé miga, es teguible como chueve”, empezaba diciendo con ese tono rioplatense afrancesado. Lo escuchamos mirando las gotas en la terraza, envueltos en una manta, y medio borrachos.

Bella Valdivia. Exuberante Valdivia. Ahora que me detengo a pensar, tal vez nuestro departamentito en el Calle-Calle influyó, más de lo necesario, en que nos extraviáramos. Creí que lo tenía todo. Nunca sospeché lo que sentías privadamente. Cuando me dijiste que ya no seguiríamos juntos. Que tenías otros planes. No lo entendí. Luego, solamente me resigné a lo que supuse era un súbito deseo. No fue así. Cuando pasó el tiempo y tu decisión se hizo más firme no tuve cómo sacarte de ahí. Y no supe qué hacer.

Hoy llegué otra vez al departamento. Tú te has ido hace días, y te has llevado las cosas que nos repartimos civilizadamente. En soledad me permito llorar, ahora, que nadie me ve. Llorar, como si mis tripas se vaciaran sobre el piso, para librarme, un instante, de esa dolorosa y traidora civilización que toleró dejarte ir. La luz entra por el ventanal e ilumina la sala, con el hermosísimo Calle-Calle de fondo. Pienso en lo que hicimos, y también en lo que fallamos. Pienso en los momentos que vivimos aquí y que se perderán para siempre. En las imágenes que tengo de este lugar. Ahí estoy yo desayunando. Ahí estás tú cocinando esos queques que nunca se inflaron, pero que me encantaban. Allí estuvo el árbol de navidad, allá mi biblioteca, aquí el sofá donde acostumbrábamos devorarnos.

Los ruidos de mis pasos se disipan en un eco seco. Sólo me queda sacar una caja con libros, y descolgar la xilografía que le compramos a aquel joven despeinado en una feria de la bella Valdivia. De la linda Valdivia. Después de eso, nuevamente el departamento quedará vacío.

Santiago, 2016

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