No se puede vivir sin ají

«Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.»
Friedrich Nietzsche

NO RECUERDO BIEN con qué motivo me contó la historia el consejero metafísico, pero era algo así. Su primo vivía en un conventillo cerca de la estación de trenes de Temuco. Uno de los barrios más simbólicos y antiguos de la ciudad. En uno de los viajes que hizo para visitarlo, en el dos mil dos, cuando era un joven tesista de psiquiatría en una universidad de Santiago, se encontró con una situación que lo marcó en su vocación médica-metafísica.

Estando solo en la habitación, después que su primo se había ido al trabajo, fue interrumpido por dos carabineros que llamaron a la puerta para preguntar si él era Antonio Maripán Lientul. Extrañado, les dijo que no. Mientras cerraba salió la casera del conventillo y les indicó que Toñito Maripán era el arrendatario de la pieza del fondo. Los oficiales fueron y golpearon, como nadie respondió echaron la puerta abajo. Al entrar, todos los arrendatarios que estaban presente vieron lo que el consejero metafísico también vio.

La pieza estaba patas arriba. A primera vista parecía como si la misma policía la hubiese registrado. O como si, buscando objetos de valor, unos ladrones hubiesen husmeado en todos los muebles. Se notaba que estaba deliberadamente desordenada. Sin embargo, entre todas las cosas lo que más llamaba la atención era un viejo refrigerador lleno de ajíes. De todos los colores y variedades, meticulosamente ordenados por tamaño y forma. Y en la puerta, por la parte de afuera, escrito en una caligrafía tiritona y algo infantil la frase «no se puede vivir sin ají».

El consejero metafísico nunca pudo olvidar esa imagen. Tres años más tarde, estando de vacaciones en la playa de Máncora, nuevamente con su primo, se acordaron de la situación luego de comer un picantísimo cebiche con ají rocoto. Ahí, supo la otra parte de la historia.

Toñito Maripán, como lo llamaban en el sector, era conocido por todos desde chico. No se sabía de padres o hermanos, pero se decía que era pariente lejano de una reconocida machi de Pailahueque. Siempre lo habían visto cerca del matadero que, antiguamente, estaba en la misma calle del conventillo. De niño se dedicó a vender interiores, y otros despojos de animales faena-dos, en la Feria Pinto. Allí todos los locatarios tenían una anécdota con él. Antes de su desaparición, se sabía que iba dos o tres veces por semana a negociar ají.

Resulta que el caso siguió y tuvo cierta notoriedad en la ciudad. Pronto se hizo público que Toñito Maripán se dedicaba a resolver problemas del mal de ojo. Su fama se había extendido silenciosamente por la región. Lo extraño era que sus tratamientos, si se les podía llamar así, eran a base de ají. Y, por lo que se comentaba, resultaban.

En esa oportunidad, los carabineros, atestados con comuneros que alegaban haber sido ojeados, fueron en su búsqueda. Pero, aunque lo rastrearon, solo encontraron su pieza desordenada. Nunca más volvió al conventillo. Simplemente desapareció.

Por esa extraña superstición mapuche, Toñito Maripán, nunca se tomó fotos. Nadie tenía una imagen de él, por lo que su pesquisa se hizo inútil. Hasta que después de meses alguien dijo que salía en una de las escenas de la película Diarios de Motocicleta del director Walter Salles. Con esa referencia, un comerciante recordó que en una de las mañanas de rodaje del viaje del Che Guevara por Latinoamérica, filmado en la feria, en el dos mil dos, Toñito había estado comprando ajíes. Precisamente, afirmaron, es el hombre de chaleco sin mangas que sale detrás de los protagonistas en la escena donde reciben un plato de cazuela. Y esa era la única imagen que había de él.

De ahí a la leyenda hubo una delgada línea. Se dijo que a Toñito Maripán se lo llevaron los brujos, que se sacrificó para que el hechizo de los wekufes no lastimara a alguien más. Otros comentaban que todo fue un montaje de carabineros para encubrir los crímenes en la zona. Incluso, se llegó a poner en duda si en realidad existió, o si solo era un chivo expiatorio de la fiscalía de Temuco para hacer allanamientos a activistas implicados en la causa mapuche.

Después de esa historia, me dijo el consejero metafísico, siempre creyó que el ají estaba asociado a gente sana y con buenas intenciones. Que había algo en ese fresco fruto que lo prendó, y comenzó a agregarlo en sus recetas médico-metafísicas. Y porque también le recordaba a aquel misterioso personaje que, en realidad, nunca supo si existió o no, pero que veía y saludaba cada vez que se encontraba con la película del Che en el cable.

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