Talca callejera

Riña entre dos grupos esnobs

LA BOTILLERÍA estaba cerrando. Toma. ¿Sólo eso? Sí, sólo eso. Pescó las botellas, se las pasó a alguien que estaba detrás y caminaron. Les asombró que con las cinco lucas que habían juntado les dieran tan poco trago. Esperaban más y la noche era larga para los Calaveras.

Yendo por las frías avenidas de Talca discutieron mil temas. Sobre el amanerado de Kierkegaard y cómo nunca pudo aguachar a su novia. No podía ser que alguien sintiera más calentura por la tinta que por un par de tetas. Que Sartre era horrible de feo y que Platón era un hijito de papá. Que la biopolítica de Foucault era una moda y que Nietzsche dijo esto, y que Nietzsche hizo esto otro. Entretenidos en sus divagaciones esnobs doblaron la esquina de la 11 Oriente sin saber que a la vuelta se encontrarían con sus detractores más odiados.

Los chicos del centro cultural El Triángulo caminaban en silencio. Iban al sector del Tabaco a comprar cueros de vaca para fabricar tambores yembé. Había luna cuarto creciente, y en esas circunstancias era ideal obtenerlos porque un musicólogo aymara les había explicado que las pieles estarían más tersas. En eso pensaban, seguramente, cuando se toparon de frente con los Calaveras, a quienes despreciaban por indecentes.

No hubo palabras ni ruidos. Solo miradas de desprecio por un lado y de odio por el otro. Con eso bastó para que iniciara la escaramuza.

Un calavera saltó hábilmente como elevado por una idea platónica desde su propia episteme boxeril y lanzó un manotazo que rozó el aura de un triangulista. Sin pensarlo, solo por instinto musical, este sacó de su manta mapuche original una quijada de caballo, con la que hacía música pero que ahora usaba como arma, y paf, le devolvió un golpe que le voló dos dientes. No al agredido, si no a la quijada. Mientras se agachaba a recogerlos, por que ese era una reliquia patrimonial, recibió un combo seco de otro calavera, que lo tiró como filosofando a martillazos.

Encolerizados, los triangulistas comenzaron a hacer sonar los tambores africanos que llevaban para probar los cueros. Y al son de ese pálpito furioso se alinearon todos en posición de guerra. Con ágiles contorsiones de yoga se lanzaron sobre un calavera que no alcanzó a advertirlo. Tumbado en el suelo ni siquiera atinó a pensar en El Ser y la Nada cuando recibió la patada en el estómago. En ese momento llovieron los libros. Gruesos mamotretos de las disciplinas más exóticas fueron usados como proyectiles. Volaron los cuadernos manchados con vino y las libretas de notas con poemas existencialistas. Todo un arsenal de papelería aleteando como cuervos en la gresca. El alboroto no cesaba hasta que sonó una sirena y alumbró una baliza a lo lejos. Eran los pacos.

No había nadie cuando llegaron los carabineros al lugar. Sólo advirtieron unas sombras que se esfumaron rápido, calles más allá. El piso estaba lleno de papeles y libros despedazados. Y al recoger uno de ellos vieron que tenía algo escrito, en un idioma desconocido, que decía:

Vinum et musica laetificant cor.

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