Esbozo para una metafísica de la barra futbolera

“No se trata sólo del juego en sí.
El fútbol es una batalla psicológica,
el aspecto humano tiene un papel significativo.”
Sócrates. Futbolista brasileño

EL ESTADIO SE VE lleno, pero todavía entra la gente por los pasillos. Brotan por las entradas, miran a la galería buscando un lugar y se pierden entre los asientos. Seguramente el partido comenzará pronto porque los jugadores ya volvieron a camarines después de calentar en cancha. El ambiente está excelente, listo para el encuentro de fútbol.

Un manisero aparece por las escalinatas. Lleva el brazo en alto con la mercadería. Mira a todos lados para ubicar a sus compradores. Unos levantan la mano, otros le gritan, y él se escurre ágilmente entre la multitud. Más allá, un vendedor de Coca-Cola haciendo malabares con una bandeja llena de vasos se mete entre el público y desaparece. Luego emerge como un navío en medio de una tormenta.

Antes que empiece el partido hay despreocupación en las gradas. Un relajo alegre y festivo que dura hasta cuando saltan los equipos al campo de juego. Ahí los hinchas despiertan. Comienzan a gritar y alentar creyendo que con eso van a hacer ganar a su equipo. Son miles de telépatas unidos por el brazo empujando al ser sustancia que subyace en el fondo del juego. No quieren entender ni ver nada, sólo quieren orientar el resultado en alguna dirección. Quieren domar al ser aristotélico para ganar el encuentro. Concentrados, o gritando agravios, lo que sea para encauzar al invisible río que corre por debajo de todas las cosas. O quizás no es así, hacen bulla por pura superstición, o costumbre, sin pensar en una lógica causal pero esperando firmemente que ese esfuerzo tenga algún efecto. Seducidos por las razones del tarot, donde las causales son imaginarias. O apelando a la mecánica de la adivinanza, donde las derivadas son inexplicables.

Porque los hinchas no van al estadio a perder tiempo. Ellos también son parte del espectáculo. Se cuelgan de las rejas, lanzan petardos y humos de colores. Agitan las banderas y arrojan miles de papeles picados que caminan por el aire como cuervos, impactando letalmente en el ánimo de los futbolistas. Son una intimidante masa con vida propia. Una mancha multiforme que murmura, chifla y grita. Que los mira, que conoce sus intenciones. Se sienten acechados por un monstruo astuto que ruge para pedir y asentir, esperando devorar a cualquiera si su hambre de triunfo no es saciada.

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