Cantores en el Tuareg

EL HUMO no me dejaba respirar. Los ojos me ardían. Estaba narcotizado, impregnado en tabaco y alquitrán. Hediondo a ese veneno que la sociedad industrial llama cigarro. Así es que salí del Tuareg para respirar un poco. Tan mal me sentía que tuve la certeza de salir de un fumadero de opio para entrar en un bosque virgen. Pude respirar.

En la calle había mucha gente esperando entrar. Unos se saludaban, otros se miraban con detenimiento, todos haciendo noche. Por la esquina de la Dos sur apareció un grupo de jóvenes cantando y riendo. Traían unas chelas en la mano y una guitarra. Como estaba medio oscuro no me di cuenta que uno de ellos era conocido, un calavera. Al distinguirme entre la fauna que esperaba afuera del local se acercó a saludarme y me ofreció la botella de Báltica que se había sacado recién de la boca. La tomé y le di un interminable sorbo.

Entramos amarrados por una conversación. Él me aseguraba que el movimiento de nuevos cantores de folk estaba decayendo, y creía que una vez que se consolidaran los músicos más conocidos no habría más que escuchar. Me ofrecía una cantidad de argumentos que no juntaban entre sí, pero que en su totalidad parecían verosímiles. Buscamos mesa por las salas del local, anduvimos naufragando de mesa en mesa. De mundo en mundo. De mirada en mirada.

Con otra chela en la mano, que se ponía tibia y rancia, seguimos hablando. La verdad es que me parecía singular su punto de vista considerando que la música chilena goza, cada vez más, de gran notoriedad. Y la explosión de cantores folk era solo la punta de una arremetida musical que incluían muchos estilos o géneros.

Luego empezamos a hablar sin un hilo lógico, e intercalábamos bromas, argumentos, preguntas sin respuesta. En lo referente a la música popular, Chile merece y entiende mejor el pop, me decía. ¿Tiene algo que ver lo popular con la identidad del país?, no lo sé, pero si nos comparamos con Argentina podemos ver la diferencia estilística. Algunos dicen que Argentina es más rockera, y Chile más bien popero. Lo que Chile merecía y debía desarrollar era el pop. El folclor nos queda mal, seguía, pues el chileno vive en un desajuste entre la realidad y su vida. En el pop esa distancia es patente, se cantan trivialidades con melodías livianas y pegajosas que no tienen mayor pretensión. No quiere reflexionar sobre nada, me dijo. En cambio en el folclor es más pretencioso, y nos sale forzado, porque quiere acercar, la realidad y la vida, pero no puede, concluyó.

No estaba de acuerdo, pero tuve poco tiempo para rebatirle, pues saltaron al escenario los cantores que le daban vida esa noche al Tuareg: la Evelyn Cornejo junto al Checa, el Mario Parra y su banda, y, desde Temuco, Juanjo Montecinos. Como todo el mundo caímos en la hipnosis de sus acordes, y ahí nos quedamos escuchando y bebiendo hasta que, sin el anterior ánimo de disentimiento, ya no recordábamos lo que hablábamos.

Talca, 2008

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