Escalinata

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LA ESCALINATA de entrada a un edificio toma muchas formas. Hay unas frazadas tiradas en la esquina. Un bulto se mueve adentro. Es un hombre que está despertando. Entre ropas y cartones saca un brazo para tocar, con la mano abierta, el suelo y levantarse.

Hay olor a orina. Un olor a fuerte. Vinagroso, salado, picante. Seguramente en algún momento del día también es un baño. O solo lo fue por la noche, cuando unos muchachos pasaron después de la juerga.

Varios obreros se sientan ahí a almorzar. Uno de ellos toma con la mano un objeto que saca de una bandeja desechable. Es comida. Se la mete en la boca. La chupa, por un lado, después por el otro. Tira las sobras al piso. Llega un perro. Olfatea. Es un hueso de pollo. Se lo lleva. Camina con él en el hocico. Se le acercan otros perros. Lo persiguen, saltan, pelean. El hueso queda botado en la calle.

Dos oficinistas se juntan, en los últimos peldaños, a fumar. Conversan, pausadamente, con los cigarros en la mano. Mueven las manos para realzar lo que dicen. Pasa una chica, hacen una pausa, la miran, y siguen hablando. Botan las colillas al suelo. Las pisan con el pie. Se arreglan la corbata. Suben apurados y entran.

La escalera de un edificio parece ser la ampliación de nuestro hogar cuando estamos en la calle.

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