Bibliotecas

I

Hay alguien pidiendo un libro en el mesón de la biblioteca y su voz suena como a una declamación poética.

Quizás es un poeta.

Estoy en el fondo de la sala. En una solitaria mesita redonda manchada por un cuerno de luz que cae de la ventana.

No sé qué está pidiendo. Pero su voz sube y baja como en una montaña rusa. Como imágenes que van saltando, voluntariamente, al olvido.

Debe ser un poeta.

II

El retumbar de los sonidos parece inmemorial. Un crujido de silla. Un movimiento de hoja. Unos tecleos de computador más allá. Eco. Todo es un sonido traspuesto y amplificado. Un minúsculo punto envuelto por vestimentas sonoras que se desviste de a poco.

Tacos que golpean el piso. El chillido de la suela de goma. Almas que vuelan en el vasto espacio. Atrapados, lentamente, por el oído traspuesto a los ojos.

III

También se va a perder el tiempo a la biblioteca. Me explico. Claro está que leer, buscar libros, escribir, es perder el tiempo. Sin embargo, también se va, expresamente, a perder el tiempo sin fingir que se hace otra cosa. Hay personas que sencillamente se sientan en algún lugar y duermen. Se conectan a sus audífonos, cruzan los brazos y bajan la cabeza como si un brujo los hubiera tocado. La pérdida de tiempo y la biblioteca es una sola cosa.

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