Bibliotecas

IV

Los libros están mirando hacia adentro. Como los lectores, cuando leen. Digamos que un libro cerrado, puesto en una estantería, es un libro que está esperando. Cuando es tomado por alguna persona es como si despertara. Con el contacto de la mano en las hojas se abre. Y se abre también la persona que va a leerlo. El libro se abre. La persona se abre al libro, pero se cierra al mundo. Nos cerramos en el acto de leer. Aunque nos abrimos, nuevamente, al llevar, después, la lectura del libro con nosotros.

V

El bibliotecario atraviesa la sala con sus lentes a media nariz. Mira sobre los cristales. Ojea los volúmenes que lleva en sus manos. Revisa un número pequeñísimo que está en la etiqueta del lomo. Se dirige a una repisa.

Lo veo desde lejos. Es como un gran pez que surca los mares. Aparece por sobre los estantes que no miden más de un metro y medio. Desaparece sumergido quizás en qué materia. Sale con una caminata rápida y se dirige al mesón. Teclea su computador. Se sienta.

A veces estoy leyendo y pasa una silueta borrosa al fondo de mi campo visual. La atraviesa de un punto a otro, se devuelve, se agacha. Es él. Buscando un libro. O, tal vez, ordenando los volúmenes en su lugar. Definitivamente es un algoritmo que resetea toda la actividad diaria del salón.

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