José Carbón

«Desde el momento en que el individuo
reivindica su individualidad
frente a lo general peca.»
Sören Kierkegaard

LE DI UNAS fumadas al pito y seguimos riéndonos por la vereda. Nos habían echado recién del Tuareg porque estaban cerrando, así es que nos fuimos por la calle Dos Sur hacia mi casa para seguir el carrete. Casi llegando a la Once Oriente vimos un bulto en el suelo. Nuestras risotadas se apagaron al descubrir, con asombro, que la figura botada, en el piso mojado por la lluvia, era una persona. Al acercarnos todo el aturdimiento de la mariguana se nos fue cuando nos dimos cuenta que, además, lo conocíamos. Era José Carbón.

Se veía moribundo. Intentamos despertarlo, le hablamos, quisimos reanimarlo. Su ropa estaba empapada y al levantarlo sus pies se deshicieron en un hilillo negro que escurrió con el agua de la calle. Llamamos a la ambulancia. Al llegar al hospital supimos que su salud estaba más que delicada.

Esa madrugada murió en una camilla, al lado de otros desahuciados. Me contacté con su madre y me hice cargo de sus exequias. Junté un pequeño fondo para solventar los gastos y el viaje a la ceremonia que sería a orillas del lago Villarrica, su familia se encargaría del resto. Le avisé al Flaco por teléfono. Fue una triste sorpresa para él, pero me dijo que no viajaría porque su mujer y el trabajo no lo dejaban. No le creí, pero lo entendí. Compré el boleto de tren hasta Temuco, desde ahí continué al sur en bus. En el terminal de Villarrica me esperó Ángela, su ex novia. Como todo fue tan rápido, al sentarme en el vagón recién tuve tiempo para pensar en lo sucedido.

José Carbón no siempre fue así. Hace dos años y medio lo conocí en la librería Byblos de la alameda de Talca. Estaba en la terraza tomándose un cortado con el Flaco. Yo había ido a hurtar algún libro y me los encontré a la salida. En ese tiempo todos lo conocían como José Diamante. Era un tipo brillante. Su cara era transparente y vivaz. Tenía la frente amplia, unos ojos juguetones y el pelo airoso. Su inteligencia era profunda, perspicaz y fluida, pero también chistosa. El Flaco se había enamorado de él, hablaba todo el día de su nuevo amigo, y con justa razón, pues era un joven envolvente.

Nos vimos varias veces más y en muchos lugares. Él siempre era el foco de atención. Por estos encuentros hicimos una intermitente amistad que me permitió conocer, casualmente, a su madre y a Ángela, que siempre andaba acompañada de una amiga. Logré gozar también de su atrayente y chispeante ingenio. Pero con el tiempo fui notando cambios en su personalidad. Cambios lentos pero visibles.

Parecía otro. Como si la luz que antes transmitía fuera apagándose. Su frente estaba más arrugada y sus ojos evocaban una nostalgia otoñal. La última vez que lo vi su piel había perdido toda su cristalización, ya no era vidriosa, y mucho menos tersa, sino de una opaca porosidad que a lo lejos se parecían a las huellas que deja el acné. Cuando lo saludé me respondió con unas parcas palabras, creo que citó a Virgilio, y al darme la mano me dejó una mancha oscura. Algo muy parecido a las marcas que deja el tizne del carbón.

No volví a verlo hasta la noche de su muerte, ni al Flaco que se había ido al norte a trabajar en una mina. En ese periodo no supe de ninguno de los dos. Hasta que un día el consejero metafísico me habló de él. Fui a visitarlo por otro asunto que no podía resolver y me ilustró algunas situaciones con ejemplos de una persona a la que llamó José Carbón. Por las descripciones que hizo supe que me hablaba de quién yo había conocido como José Diamante. Así me enteré de otros detalles de su vida.

Resulta que José Carbón fue con el consejero metafísico después de pasar por todos los especialistas que pudo pagar. No sé por qué, pero cuando empezó a padecer esta rara enfermedad inmediatamente sospechó que su problema no era físico. Quiero decir, que no tenía su origen en algo del cuerpo. Así que le confió su malestar a un curita amigo. Pero sintió que las confesiones no le ofrecían mejora, y quiso probar con la ciencia. Después de una terapia de dos meses en la consulta y cinco en la cama de una psicóloga, dedujo que tampoco avanzaba. Ella misma le recomendó otros especialistas. Así, del psiquiatra pasó a la dermatóloga, de la dermatóloga a la traumatóloga y de esta al componedor de huesos. Este último, un viejito ladino que se burló de él por su torpeza para intuir el origen de su propia enfermedad, le sugirió al consejero metafísico.

El consejero metafísico tuvo el infortunio de presenciar su deterioro. Me contó que fue opacándose aceleradamente. Su piel se hizo negruzca, y se llenó de ronchas. A medida que esto avanzaba las ronchas pasaron a ser costras, y crecían, hasta que cubrieron casi todo su cuerpo. Ya no era el joven de personalidad brillante. Estaba triste. Una tristeza difícil de descifrar, me dijo el consejero. Con estos antecedentes, después de meditarlo largamente, le diagnosticó un nihilismo fulminante. Le recetó una dieta para que la siguiera, pero incluso con eso continuó empeorando. Su piel, de ser como un diamante cristalino se hizo carbón. Nada resultó con él. Luego de la última sesión, donde lo notó claramente apenado, nunca más lo vio.

Las acontecimientos se desenvuelven de manera indeterminada. Cuando conocí a José Diamante imaginé que por primera vez me había encontrado con alguien que iba a hacer algo importante. Creí que él era una de esas personas que estaban destinadas a algo grande. A mostrarle al mundo algo nuevo y extraordinario. No fue así. Terminé entendiendo que esos temperamentos también sucumben más bajo que cualquiera. Solo eso es lo que puedo reflexionar ahora que estoy en Villarrica, en medio de su funeral.

Mientras todos celebran, como se hace en los funerales sureños, Ángela y su amiga, tomadas de la mano, sonríen con gracia. Su madre prepara las ensaladas y los parientes que van llegando agarran trozos de carne asada y se los reparten. Yo me siento incómodo. Me parece extraña esta costumbre de festejar con tanta alegría un entierro. Lo más chocante fue ver incinerar el cadáver como parte de la ceremonia. Hubo un gran alboroto cuando prendió en llamas. Todos estaban eufóricos porque la fiesta recién comenzaba. Quizás, todo esto es una buena manera de evocar la personalidad de aquel joven brillante que conocí y que ahora, transformado en una inerte brasa, arde bajo un chorreante costillar de cerdo que se dora en la parrilla.

(Talca, 2011)

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