A propósito de Hijo de ladrón de Manuel Rojas

I

Hay algo en la obra de Manuel Rojas que es profundamente infantil, ingenuo, tan sincero que enternece. Sus escritos huelen a la niñez que vive en él. El vaso de leche siempre está ahí. Lo digo así, para jugar con el título de uno de sus cuentos más conocidos. Los personajes están marcados por esa etapa de la vida.

Las historias que relata, en la novela Hijo de ladrón, no son de gran complejidad. La voz que hay en ellas tampoco reviste gran carácter, es la voz de alguien que está recordando, sin embargo, hay una dulzura en lo que cuenta, una naturalidad. Sus textos huelen a leche con plátano. Son historias horribles, por cierto, pero las cuenta como si fueran normales. Se salta, como tratan de profundizar otros autores, esa trama existencial tediosa que quiere bajar a las profundidades del alma humana. Parece que los personajes no quieren descender ni mucho menos intelectualizar su vida, ellos bien quieren vivir.

Ser hijo de ladrón, en la novela, es ser el hijo de alguien que está al margen de la sociedad. El joven Aniceto no quiere heredar el oficio de su padre porque desea algo distinto para él. Su progenitor es un hombre respetado, hace bien su trabajo, tiene muchos conocidos, ha estado en varios lugares, pero él quiere zafarse de ese pasado. Siente orgullo de esa fama, pero también le lastima y le avergüenza porque no le permite arribar. Desde este perspectiva el libro relata la historia de un joven que se encuentra en un país donde la clase social baja quiere ascender, económica e intelectualmente, y él se ve impedido de hacerlo por su pasado.

Hijo de ladrón es una novela que sirve de espejo a la clase media baja para mirarse hacia adentro.

II

¿Y qué me dicen ustedes del lado católico que hay en el relato de Rojas? A menudo el protagonista usa expresiones que nos dejan pensando en su formación espiritual. Y no hablo solo de las expresiones, sino también de su actitud. El texto expone la crudeza de su vida, pero siempre subrayando que mantener la dignidad es muy importante. Pues bien, lo que Aniceto describe como defensa de su dignidad son, en gran parte, actitudes cristianas que aluden a la compasión, la misericordia, o la noción de comunidad. No es que esos elementos sean exclusivos de la cultura cristiana, pero no es casual, a mi parecer, que se encuentren en los textos de Rojas. En la década del cuarenta, que fue cuando se escribió la novela, todavía la vida católica tenía mucha influencia en la formación espiritual latinoamericana por lo que cualquier referencia en este plano parecía cruzarse con estos valores.

Pero también hay críticas a esa cultura religiosa. Crítica al asistencialismo, a la forma de actuar de las instituciones religiosas más que nada. Nunca una crítica al fondo mismo de la formación religiosa como existe en otras novelas. Desde esa perspectiva la propuesta de Rojas es muy distinta a lo que han hecho, posteriormente, otros escritores como José Donoso, por ejemplo.

Es curioso, también, pensar que este libro, que ofrece una ruptura con las formas burguesas de ver el mundo, en defensa de una vida desposeída, mediada completamente por fines políticos como el anarquismo y la lucha de clases, tenga como argumento la defensa de esos valores que podrían venir de la religión católica. Es que el relato no se centra netamente en la dimensión material de la vida, también explora las motivaciones espirituales que un hombre puede tener para romper con su pasado, o más bien, para moldear la vida a su gusto. Y ahí el protagonista echa a mano todo lo que tiene a su alcance. Desde esta perspectiva vitalista, Aniceto se nutre de lo que sea para contar su vida, sin, necesariamente, tener que dar explicaciones formalistas o puristas sobre una doctrina u otra. Estas contradicciones, a su vez, es lo que le da verosimilitud al relato, este caminar entre campos que son distintos afirmando con seguridad algo que no se sabe bien de dónde viene pero que esta ahí y sirve para justificar o interpretar las acciones.

III

No hay mejor detalle que los relatos de la crudeza de la vida de la pobreza y soledad en el libro. Aunque los recuerdos son de su vida de niño y adolescente, esa vida es completamente distinta a la que cualquier niño podría tener. Digamos que su niñez está marcada por el abandono, aunque hay momentos felices con su familia y otros personajes que conoce. Por lo que su vida es un tanto desordenada. Transita entre la calidez familiar y el descubrimiento de algunas habilidades que le servirán de adulto. Su vida de adolescente no es, en definitiva, una vida de adolescente como la conocemos. Es una vida de adulto, con toda la responsabilidad de tratar de situarse en el mundo porque no tiene nada a qué atenerse.

Según su relato, es difícil saber porque Aniceto cuenta su vida, con qué finalidad. Hay, por una parte, una intención de dejar en claro las privaciones que tuvo en su vida. Que fue parte de una sociedad latinoamericana empobrecida, que tuvo dificultades para poder sobrevivir. Pero por otra parte, también, hay orgullo. Una intención de contar que su vida fue de una manera peculiar y todo eso le ayudó. Que ese le sirvió para salir adelante, sin llegar a dejarlo insensible. Y que la vida le enseñó a forjarse.

¿Porque amamos a Aniceto? Porque, sin saber en qué posición se encuentra el protagonista en el momento en el que escribe, calza con esa alegoría del hombre que se hace así mismo de la nada. Alquien que con todo en su contra puede cambiar su destino.

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