Meta

Queda poco. Un punto fijo. Un solo objetivo que me tira. ¿Qué haré en la tarde? Iré a la feria. No tengo verduras ni frutas. Frutillas, naranjas, zapallos italianos, lechugas. El jugo de la naranja en mi boca. Ácido, fresco. Tengo sed. Tengo la boca seca. Llevo toda la carrera respirando bien, pero llegó el punto en que ya tengo que mojarme la garganta. El viento la seca. Sí, el viento. Menos mal no me tragué un mosquito, como la otra vez. Fue un mosquito, creo. Espero que haya sido eso y no un araña, un matapiojos, una mosca. Queda poco. Gente alrededor. ¡Vamos, vamos! ¡quedan cien metros! Yo también diría eso, aunque no se verdad. Mi mamá me botó los pantalones y aseguraba que no los había visto. Eran tan grunge, tan Kurt Cobain. Nunca más los vi. Quizás ella, verdaderamente, no fue, y los olvidé en alguna de las muchas casas que visitaba en ese tiempo. Casas de amigos. ¿Qué será de ellos? ¡Vamos, vamos! ¡queda poco! Doy la vuelta y veo la meta al fondo. Ahí está, sé que ahí está. La veo. Ya estoy allí. En realidad queda poco. Nada. Me alcanza para un pique. Para subir el tranco. Unos metros más y empiezo a adelantar. Pillaré al de polera verde que va adelante. Ya casi. Puedo ver el tiempo, 48 minutos. No está mal. Ya casi estoy cruzando. Llegaré bien. Puedo seguir corriendo. Acelero. Puedo seguir. Me quedan fuerzas. Estoy listo. 

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