Miradas

Camino por la calle, apurado. Debo llegar a tiempo a mi trabajo. Voy pensando en cómo empezar la jornada o si llevo cargada la tarjeta para pagar el pasaje. En la mañana trato de avanzar rápido. No es necesario, en realidad, que vaya tan de prisa, tengo el tiempo controlado. Me despierto a tal hora, me levanto, me ducho, me visto. Tomo desayuno y parto. Quince minutos para esto, diez para lo otro, doce minutos para tomar locomoción. Todo el tiempo dentro de la economía de los hechos. Puedo ir más lento. Pero la gente me obliga a estar vigilante y caminar a un ritmo que no quiero seguir. 

Las miradas con otras personas son esquivas. Todos van preocupados en sus tareas. Concentrados en lo que harán en el día. Trabajando ya, antes de la jornada. Aunque siempre hay encuentros con aquellos que se liberan de la tensión e intentan contactar al que va al frente. En el metro, una chica que se maquilla da un vistazo rápido a un joven que se sienta a su lado. Él voltea hacia otro lado y ella aprovecha de tasarlo rápidamente, sin que se de cuenta. Un hombre mayor, afirmado en uno de los pasamanos, contempla los pies de la ocupante contigua. Hay una mujer que me observa por el reflejo de la puerta de cristal. Cuando el vagón pasa por las partes más oscuras del túnel aprovecha para hacer un escrutinio rápido de los que van a su alrededor. Yo estoy detrás suyo, y veo en el reflejo cómo me observa al mismo tiempo que las paredes de cemento del túnel pasan a toda velocidad. Esta forma de indagar a otros es común por los que no quieren parecer imprudentes: haciendo como que miras hacia afuera ves por el reflejo del vidrio a la persona que te interesa.

En la tarde la cosa es distinta. Las personas vuelven más relajadas o en realidad agotadas. Es como si el cansancio les ha acabado, también, la vergüenza, porque las miradas son más honestas. Una muchacha cruza por mi derecha y me mira coqueta al pasar. Un chico viene en mi dirección y se fija en mi entrepierna. Rápidamente sus ojos suben y buscan los míos. Yo miro hacia otro lado para no generar un encuentro. Una joven, dos metros más allá, mira hipnóticamente a un chico que se busca algo en los dientes ayudado por la cámara de su teléfono. Debe ser por algo que comió. El joven se da cuenta, la mira y ella se da vuelta como si hiciera otra cosa.

El Metro se detiene en una parada. Sube una joven delgada, de pelo largo y ondulado. Se ubica al lado de un adolescente alto, con inconfundible cara de sueño. La niña gira y lo mira con un movimiento rapidísimo. El joven se da cuenta y la busca. Ella baja la cabeza y se concentra en su teléfono. También se da cuenta que él la mira, y mueve el cuerpo en su dirección. Él no voltea, aunque vuelve a buscarla intermitentemente con la mirada. Tiene la vista puesta en lo que sucede afuera del vagón, pero sus ojos van, cada cierto tiempo, en dirección hacia la chica. Tal vez piensa en ella. Pensará, quizás, que le gusta y que ella le corresponde. O simplemente la ha reconocido de otro lugar. Cuando él se baja ella lo mira y el chico ni se entera.

 

 

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