Traición

I

No hay peor traición que la que comete aquel que se niega a sí mismo. Traicionarse a sí mismo merece la vida de sufrimientos.

II

Va a su trabajo rápido. Da un saltito para esquivar una posa de agua. Continúa un poco más agitado de lo normal. Para hoy, nada extraño, lo mismo de siempre. La mañana estará tranquila. Por la tarde los niños y luego al supermercado.

Ya son tres meses con ese dolor. Es un molesto aviso de que tiene algo en el estómago. En la parte de arriba de la panza, al lado izquierdo. Es extraño y sospechoso. Pareciera que lo persigue, que lo incomoda en determinadas horas del día y que no tiene que ver solamente con algo del cuerpo. Como si su estómago reaccionara a otra cosa. A lo que está pensando. A lo que siente.

El día se va. Las personas pasan por el vidrio del automóvil. Está oscureciendo. Su mujer le habla, pero no hace caso. Ese dolor. Aunque no lo llamaría dolor, es una molestia. Una molestia orgánica. De un cuerpo que reacciona, quizás. No lo sé. Pero ¿qué haría para que desapareciera? Tal vez salir de todo esto. Dejarlo todo. Eso sería más doloroso. No sería capaz de soportarlo, moriría. Desaparecería en la memoria de las personas. De su familia. Porque en la mente de la gente no hay espacio para el que cae. Solo queda el que está ahí, con el dolor en el estómago. No sería capaz de dejarlo todo. Ya está demasiado comprometido para hacer una locura así.

III

Lloré cuando ella me dejó. A solas, escondido. Estaba destruido. Me acerqué peligrosamente a esa zona donde te conviertes en un patán, perdido al medio de un gran desorden que te ciega. Un día caminé hacia el balcón y pensé lanzarme. Ahí, mirando el vacío con la cabeza nublada imaginé que volaba por las barandas. Me tiraba como para agarrarme de algo, pero no había nada que pudiera sostenerme. Mis brazos y piernas bailaban en el aire sin encontrarse con algo sólido. El paisaje abajo se agrandaba velozmente sin darme tiempo para pensar en alguna imagen que valiera la pena. Después de ver los techos, árboles y automóviles llegaba al piso. Y ahí todo terminaba con un violento choque. Luego lo que todos instituyen: nada. Todo se apagaba.

Pero no pasó, seguí contemplando el paisaje con una actitud confusa. Estando ahí, sin pensar mucho en nada en realidad, apoyado con las manos en la baranda del balcón. No es que tuviera grandes conclusiones de lo que me pasaba, no. Pensaba en muchas cosas y en nada. Y muchas de ellas eran las mismas que daban vuelta todo el tiempo. Mis pensamientos se fugaban a alguna parte y de repente volvían a lo mismo, y así, todo el tiempo.

Abajo se ve una señora con una anciana del brazo. Sacuden el paraguas amarillo que antes compartían. La anciana trata de sacarse algo que se le pegó en la bota. Los autos pasan en ambas direcciones. Dos aves vuelan rápido frente a mi.

Esas pequeñas cosas me sacaban de adentro, donde estaba metido. De pronto volvía. He descuidado las plantas. Están verdes, pero no tienen fuerza. Las escucho llorar conmigo. No, soy yo el que llora. Las veo con mis ojos en pena.

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