Vagina III

Las vaginas monstruosas son atractivas. Tienen esa boca chueca y negra como si te fueran a comer. Los labios salen como una mandíbula tentacular que te chupará entero, empezando por tu pene. Te mira absorbida. Y su cara no se parece a la de su dueña. La cara de su dueña no da señales de que su boca de abajo tiene hambre. Esa boca abierta y jugosa te pide algo, y solo quiere ser saciada. Su aspecto irracional también te dice, claramente, y sin palabras, que necesita la misma locura que muestra. Vive en esa dimensión. Ha hecho suya la extraña lógica que está al margen de la línea acartonada de la racionalidad y las formas apolíneas. Necesita satisfacer su desenfreno y te avisa con su cara, con esa pose que denota su deseo, que no ha podido sostenerse más hiriéndose a sí misma. El deseo hiere. El deseo que intenta contenerse en un pedazo de carne pegajoso, húmedo, cabelludo. Porque nada puede sostener el deseo, ni el propio cuerpo.

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