Capítulo V del libro «Arde Talca»

Extracto del libro no publicado Arde Talca, sobre la movilización estudiantil chilena del 2011 en la ciudad de Talca, escrito por Cristian Rodríguez. 

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Foto: @tilo.nurmi, Instagram

SÍ, SÍ. ESO LO RECUERDO. Estaba tomando cada vez más. No sé por qué, y como no estaba acostumbrado creo que el copete me hacía peor. Y a esa mina también me la encontré en una marcha, unas semanas atrás. Después me acerqué a ella y creo que me invitó a ir a la toma esa misma noche.

Lo de la marcha lo recuerdo bien. No creo que pueda olvidar una experiencia así. Resulta que me encontré con la masa humana por casualidad. Yo venía por la Once Oriente y un grupo de personas estaba esperando cerca del CREA. Eran en su mayoría pingüinos, estudiantes de la UTAL, miembros de la jota. Una multitud en reposo esperando unirse a los cabros de la UCM que venían en camino. Me sedujo la idea de dejarme arrastrar por la protesta hacia el centro. Al rato, apareció la otra comitiva avanzando en nuestra dirección y comenzaron inmediatamente los vítores de recibimiento:

¡Y va caer!
¡Y va caer!
¡La educación de Pinochet!

Lejos aún, se veía el pelotón estudiantil, caminando con grandes lienzos de plástico que tenían escrito, con una caligrafía tiritona, «Educación Gratuita y de Calidad». Se escucharon los gritos, silbidos, bocinazos y palmadas al aire. Y a medida que el lienzo se acercaba pude distinguir algunas caras conocidas. Vi a los de filosofía en el frente, delirantes y extasiados de puro idealismo. Más atrás a los calaveras alternando cornetas y porros en la boca. Luego alumnos de contru, mate, medicina, pedagogía, todos con un gran espíritu combativo. Cuando recién se encontraron con nosotros reparé que venía también la Inuit y su linda amiga.

¿A ver? ¿A ver?
¿Quién lleva la batuta?
¿Los estudiantes
o los hijos de puta?

Caminamos unidos, ahora en una inmensa caravana. Leo, presidente de la FERMAU, y Dante iban liderando junto a una bandita de vientos y caja que nos estimulaba métricamente. Se había sumado mucha gente, yo alcanzaba a identificar a varios. Compañeros de universidad muchos de ellos, otros, rostros intermitentes en mi registro de la fauna talquina, que ahora, fuera del cerco de la conformidad, pretendían erigirse como héroes en esta intención de asalto a la ciudad amurallada de Troya. La situación era excitante. La algarabía me enloquecía. Dante llevaba en las manos una cámara fotográfica, apuntándole a cualquier cosa que pudiera guardar en ella. Sandrino gritaba a mi lado y reía en plena complicidad con una muchacha alta y hermosa que cargaba una pancarta. Todo, tan lúdico y frenético, llenaba de certeza cualquier duda y encendía la esperanza de lo imposible. La gente que se paraba en la vereda absorbida por nuestro ímpetu miraba con cierto orgullo y a varios se les iluminaban los ojos de brillante deseo de justicia.

¡A la calle
los mirones!
¡No se hagan
los hueones!

¡Qué vergüenza!
¡Qué vergüenza!
¡Están mirando
mientras el pueblo
está luchando!

Yendo en ese trayecto maduró, con toda esa efervescencia, una impresión que tenía desde hace tiempo. Me sentí, extrañamente, como si estuviera enamorado, de las circunstancias, de la gente, de la posibilidad de lograr todo. La distancia que separaba cada cuerpo que marchaba, bramando consignas y con el puño en alto, aplaudiendo y riendo, o sencillamente en íntima y silenciosa pasión interna, era ilusoria. La sensación de unidad era más auténtica que el espacio que ocupaba mi cuerpo en esa gran masa humana. Me sentí una parte de la gran serpiente de la historia. Creí entender el propósito de mi generación. Me rendí a las circunstancias. Soñé con la humanidad y el futuro. Y los amé, a todos.

¡Vamos compañeros!
pongámosle un poco más de empeño
salgamos a la calle nuevamente,
la educación chilena no se vende
¡Se defiende!

Caminamos por la Once Oriente. Doblamos por la Uno Sur con dirección a la plaza, para concluir en la Intendencia regional. Tal vez los locatarios del centro de la ciudad ya estaban acostumbrados a este tipo de protestas que se habían hecho por varios meses. O quizás no, pues siempre estaban mirando desde los negocios con el afán de encontrar a alguien conocido. Jugaban a apuntar al que ubicaban, y se reían, o conversaban cosas al oído entre ellos. Muchos cerraban sus locales por temor a algún disturbio mayor, pero todos estaban atentos. Se lograba algún impacto todavía después de tantos tiempo. Y como siempre los pacos vigilando cualquier anomalía en el jolgorio. Eran una cerca alrededor de la marcha. Piezas del mobiliario estatal. Tapados por las armaduras, miraban con esos ojos quietos, difíciles de descifrar. No sabría qué pensar de ellos ni cómo mirarlos. Era imposible saber si estaban ahí con agrado, con odio, con entusiasmo, o porque simplemente habían sido puestos, inoportunamente, por un dios travieso. Era difícil penetrar esos ojos incrustados, como dos rocas de carbón, en las máscaras de guerrilla urbana. En todo caso estaban listos para todo. Con sus músculos tensos. Con la mente clara, fija. Más allá estaba la micro. Y sondeando en las calles paralelas, el zorrillo.

¡Paco! ¡entiende!
¡No somos delincuentes!
¡El único que roba
es el presidente!

¡Paco! ¡Escucha!
¡Tu hijo está en la lucha!

Cruzábamos la Uno Sur, cuando pasó algo impensado. Acercándose por uno de los costados de la marcha venía caminando el chico Zaldívar, con dos de sus colaboradores. Algunos lo miramos de reojo, pero muchos se voltearon para verlo o apuntarlo con la mano. Paulatinamente, y con disimulo, comenzaron a bordear la columna humana y los tres entraron a la marcha. De inmediato hubo un silencio más largo de lo habitual. Noté que varios se miraron entre sí, murmurando algo que no entendí. De pronto, alguien, creo que fue Sandrino, gritó, haciendo un gesto enérgico con la mano ¡fuera! ¡fuera! Y todos le siguieron con un ¡fuera!, ¡fuera! Los estudiantes, los abuelos, los niños, las parejas, y creo que vi hasta un perro, que siempre seguía las marchas, haciendo unas muecas con el hocico chueco. ¡Fuera!, ¡fuera! abucheamos. En eso, el mismo Sandrino se mete la mano al bolsillo, saca una moneda de diez pesos y se la arroja al senador con una contorsión limosnera. Pude ver la cara de un anciano que abrió los ojos y la boca asombrado. A mi también me pareció chocante, pero la marea humana no se contuvo, y llovieron las monedas. Los que estábamos cerca nos tuvimos que hacer un lado, porque el congresista, junto a sus dos acompañantes, quedaron en medio de una granizada de pesos. A falta de guillotina en la sociedad del capital están las monedas, pensé. Al senador, humillado por el público, le era revelado con ese acto de catarsis lo que muchos creían de la clase dirigente. Se le hizo juicio con sentencia instantánea. El político larva fue linchado con la pedrada de la masa enloquecida que le enseñó vergüenza mostrándole dinero. Hubo aplausos, y todo se reorganizó. Los gritos resonaron en los edificios.

¡El pueblo unido
avanza sin partidos!

Llegamos a la plaza. Nos paramos afuera de la intendencia. La amiga de la Inuit llegó buscando compañía, y se paró a mi lado. Sonriendo y mirando, con una curiosidad que desbordaba la implacable apatía y arrogancia que caracteriza a la mayoría de las talquinas. Eso me gustaba. Era dulce, pero a la vez misteriosa y astuta. Estaba flechado. Se mostraba, se dejaba cortejar y luego se escondía.

La manifestación se intensificaba y me di un tiempo para volver a observar a la gente. Detrás de los compañeros habían unos pingüinos, jugando, haciendo bromas, tirándose bombitas de agua y gritando casi al unísono. Al lado de ellos vi a un abuelo, con el que seguramente era su nieto, caminando altivos. Al frente una pareja sujetando un coche que tenía una antena larga con una bandera triangular en la punta que decía revolución en familia. Unas chicas, de la mano, más allá, haciendo vítores con unas pancartas de papel café. Algunos jóvenes abrazados, saltando jubilosos. Y el coro haciendo un eco que latió en la fachada de los antiguos edificios de la plaza, obligando, incluso, al pequeño O’Higgins a despertarse agitado de su histórico bautizo:

Y ¿cómo?
Y ¿cómo?
Y ¿cómo es la hueá?
¡Hay plata pal papurri y no para estudiar!

Y ¿cómo?
Y ¿cómo?
Y ¿cómo es la hueá?
¡Piñera estudió gratis y ahora hay que pagar!

La sensación que tuve después de esa marcha, la que más recuerdo, fue de incertidumbre. Aunque era una triunfal incertidumbre. Estábamos eufóricos y eso me gustó, pero también me pareció sospechoso. Tanta injusticia contenida, junto a la unidad de esta gente hacía que el clima fuera indeterminado. Pensé que esto podía terminar en cualquier cosa. Y tuve miedo de mi mismo. De lo que podía hacer. Hacia dónde me podría llevar ese éxtasis social. Esas ganas de cambiarlo todo me asustaban. Si siempre hay lugares para luchar y hay que elegir la trinchera propia, como se dice, yo tendría que optar en algún momento. Y dudé si tendría valor para eso. Aunque quizás, si en lugar de resistirme al clamor popular, con mi pretencioso sentimiento de individualidad, hubiese fluido como los demás, mi impresión sería diferente.

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