Iglesia

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Foto: Rodrigo Tapia Hernández, Instagram.

No debería ser ningún problema que un par de bancas de una iglesia católica sean quemadas en medio de una revuelta social. Mucho menos unas imágenes de yeso que representan a los íconos de la institución. Cualquier cosa que se incinere, en un momento en que todo está pasando por las llamas, es muy buen síntoma para la secularización del país.

Lo digo porque esto demuestra la mirada sincera de la sociedad hacia una institución que la ha traicionado. Que ha sido fiel al poder, político y económico, que ha abusando física y psicológicamente de cientos de personas en Chile y el mundo. Esta Iglesia está lejos de la que fue en dictadura, que ayudó a proteger a los torturados a través de la Vicaría de la Solidaridad, o de la que colaboró con sacerdotes y diáconos que trabajaron con los pobladores, incluso en sus fábricas. Esos tiempos son ahora un recuerdo.

La iglesia con la que convivimos es tan cobarde que se queda en silencio mientras el país explota. Y el silencio, como una forma de esconderse, no hace solo indicar la culpa que se siente ante un actuar errado.

Me parece que a diferencia de otras ocasiones, donde la idea es fustigar la religiosidad y las normas del catolicismo, esta vez el rechazo es parte de un enfado más amplio que denota la desventura que sufre una institución que va a la baja, como otras. Se rompen las instalaciones de los bancos, de las farmacias coludidas, de las tiendas del retail, de las administradoras de los fondos de pensión. El desprecio por los organismos que forman un sistema abusivo es generalizado. No hay nada especial en la quema del mobiliario de las iglesias. No hay un ensañamiento distinto a otro. Es un enemigo que también usa las estructuras del sistema a su favor para estrujar al ciudadano.

Me gusta este sentimiento secular que puede ser el indicio de un ateísmo generalizado. Lo encuentro sano. No es especialmente resentido con lo religioso. Me gusta que el país se vaya desatando de esta manera del cristianismo, como pasos que se dan de a uno y sin ninguna señal que indique que lo que se está haciendo está fuera de lugar.

 


Escrito en noviembre del 2019, en pleno estallido social chileno.

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