Improvisación

Foto: El mejor lugar del mundo, Instagram.

Me serví la taza de té. La tomé con ambas manos porque el agua no estaba tan caliente. Esperé que la bolsita de yerba verde se remojara un poco. Pensé en lo que iba a hacer. Desapareció de mi mente, en ese momento, el presente. Era una máquina que se mueve sola, como en esa película de Keanu Reeves en la que ponen una bomba en un bus y no lo pueden detener. Tenía solo en mi mente las cosas que iba a hacer después. Lo que iba a hacer cuando llegara a la casa de Fer, cómo golpearía la puerta, lo que haría si en la entrada había alguien que no deseaba ver. Cosas así.

No siempre actúo así, por lo general me gustaba lanzarme al vacío y sorprenderme con las cosas que pudieran pasarme en el día.

No siempre actúo así, por lo general me gustaba lanzarme al vacío y sorprenderme con las cosas que pudieran pasarme en el día. Amaba el jazz, aunque nunca logré convencerme tan seriamente de vivir como si estuviera en una improvisación musical. Lo pensaba así, siempre me lo decía, pero al final, cuando llegaba el momento de improvisar y dejarme llevar por, digamos, la realidad o los acontecimientos, me sentía pésimo. Y eso no era más que la incomodidad de encontrarme en situaciones inesperadas. Esta vez no sería así. Hace rato venía conversando con Fer por los discos que quería de vuelta y no lo dejaría así nomás a mi comportamiento suelto, del que no confiaba.

Dejé la taza, tomé el bolso y salí. Lentes, billetera, celular, llaves: tengo todo.

En lo que más pensaba es en lo que haría si me abriera la puerta Fer. Habíamos quedado en que ella no estaría, y que yo solo recogería la caja con discos que me iba a entregar Silvia, la señora que le hacía el aseo, los revisaría y chao, me iría. Para cualquier sorpresa de otro tipo llevaba los anteojos oscuros. Ese era mi control a cualquier tipo de vergüenza por un imprevisto.

La casa se veía igual. Todavía no ponían los adornos navideños. Estaba el auto de Fer estacionado en la calle. Eso me puso nervioso, era una mala señal. Pero ya era tarde para improvisar en algo que esté fuera de mi forma de comportamiento habitual. Toqué la puerta dos veces. Se escucharon unos pasos rápidos adentro, abrieron la puerta, era Silvia. Nos saludamos. Me apuntó hacia el suelo donde estaba la caja de discos. Me agaché para chequearla con una mirada rápida. Cuando la tomé me di cuenta que entre el Sargent Pepper y el OK Computer había un sobre, una carta. La guardé en el bolsillo de atrás de mi pantalón, me despedí de Silvia y salí de ahí con la caja en brazos.

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