El paquete

Estuve detrás de la reja unos cuarenta minutos. Mirando, esperando. Tratando de encontrar algo en el horizonte vacío del pueblo. Allá se ve la plaza, también vacía, y como signo de eso unos queltehues caminando por el prado, tranquilos, sabiendo que están reunidos en un lugar de infinita temporalidad. Así estaba yo, sostenido en el infinito, con un tiempo que no logra ser medido por ningún evento que lo corte. Ni un ciclista apurado al trabajo. Ni siquiera una moto de repartos de comida, nada. Todo en silencio.

Los gorriones pasan cerca del techo de la casa. Parece que tienen un nido ahí. Se posan, miran, se van. Espero que pase algo. Me gustaría tener esa actitud de trascendencia y estar flotando, realmente, como si esto no me afectara, pero me afecta. Físicamente, mentalmente. Pienso en el movimiento, es decir, mi cuerpo piensa en el movimiento y lo estimulante que es dejarse llevar en una caminata a la feria, en una carrera por la pista del estadio, en un paseo por la avenida. Es mi cuerpo el que extraña el movimiento y yo trato de domarlo, igual que cuando tengo aguantarme el hambre.

Quizás eso es ser omnipresente, sí, estar en todos lados. Sentir la sensación de que estás aquí y podrías estar allá, en tu pieza, en el jardín, en el baño, y que todo es igual.

No sé si quedarme un rato más. No sé qué hacer, podría estar aquí, allá, en cualquier lado. Quizás eso es ser omnipresente, sí, sentir la sensación de que estás aquí y podrías estar allá, en tu pieza, en el jardín, en el baño, y todo es igual. Omnipresente, todos son los mismos lugares. Todo es igual, como las formas después de mirar una hora hacia fuera desde el antejardín de mi casa.

Y así, en el vacío, un metal brillante aparece en la esquina de la plaza. Es el cartero en bicicleta. Los queltehues huyen como si estuvieran entrenados. También esperaban que algo suceda. Escucho el ruido de la cadena al pedalear, la escucho nítida, clara como esas ondas que aparecen en el agua cuando tiras una piedra. Quizás traiga mi paquete. Ya estoy harto de esperar, no el paquete, de vivir como si estuviera esperando algo. Y la llegada del paquete es algo, una nota distinta en tanta monotonía. El mensajero me hace un guiño con las cejas desde lejos y claro, viene hacia mi casa. Nos saludamos. Se ve sudoroso y cansado. Anda apurado. Revisa su bolso y me dice: tiene un paquete.

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