Feria

I

Termina la feria y los vendedores se dedican a guardar la mercadería. Varios de ellos van en busca de sus automóviles para empezar a cargarlos y afanan con rapidez para guardar la verdura dentro de cajas y sacos. Otros hacen un pequeño, pero considerable, esfuerzo por dejar su lugar de trabajo limpio.

Se acercan repentinamente dos jóvenes a uno de los puestos de verduras. Llevan un carro. Lo cargan con los despojos del suelo. Los miro. Son restos de verdura en buen estado, que se puede comer. Ellos recogen lo que los comerciantes dejan. Seguramente en el trajín de la carga y la movilización hay mucha verdura que se pierde. Es mejor dejarla, es un bulto innecesario. Los chicos buscan con las manos por si encuentran algo en un montón de cáscaras de cebolla. Lo revuelven y se topan con algo duro. Sacan unas cuantas cebollas enanas y las echan a su carrito. Un comerciante los ve en esa actitud y les ofrece verduras que seguramente botará. Ellos las toman y le agradecen con una humildad sobre actuada.

Un hombre moreno grita algo que llama atención de los pocos transeúntes que quedan. Cuando me acerco alcanzo a distinguir que dice todo a cien, todo a cien. Ofrece, sobre unos cajones vacíos, una variedad de verduras y frutas de distintos tamaños y características a cien pesos para liquidarla. Tres muchachos, que visten camisetas de la selección venezolana de fútbol, se paran a mirar. Eligen unos pepinos y unos melones pequeñitos, que probablemente expirarán pronto. Todo a cien, todo a cien, sigue invitando a otros clientes que pasan por ahí.

Los vendedores de pescado lavan sus bandejas y sus carros. Les tiran agua con una manguera mientras se hacen bromas. También rematan la mercadería para no llevar aquellos pescados que ya no venderán. Hay una pareja que está eligiendo unos vasitos que tienen el rótulo de ceviche. No sé si eso sea exactamente ceviche, más bien son unos picadillos de pescado y cebollín que venden en potes plásticos para comer al instante. Los toman, los mueven, los ven al sol para comprobar que el contenido es confiable, los huelen. Se llevan cuatro en una bolsa transparente.

Pero no todo es utilidad. Unos perros vagos que miran con cara de huérfanos se acercan a los carros. Los vendedores le tiran algo que parece ser una mezcla de cabezas de pescado, verduras y agua. Los perros se lanzan a degustar el manjar que escurre por el suelo. Se lo pelean. Uno corre con algo en el hocico. Pasan velozmente por mi lado.

El piso es una alfombra suave. Parece como si fueras caminando por el bosque, lleno de hojas verdes que dan la sensación de ir pisando algo blando, un tapiz esponjoso. De pronto piso algo resbaloso que casi me hace car. Es una frutilla madura. Al retroceder, para no pisar otras frutas maduras que están botadas, casi aplasto un lote de manzanas que están en el suelo, ordenadas, tal vez para el basurero. O para los jóvenes que andan en busca de frutas y verduras desechadas para llevárselas.

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