La Mancha

El atardecer de la vocación sacerdotal

“Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,
robamos, al pasar, un placer clandestino
que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja.”
Charles Baudelaire

SALÍ DEL oftalmólogo. Aún anidaba la esperanza de que el veredicto fuese otro. Tu problema, me dijo, no es ocular. Así es que pedí hora para el consejero metafísico. Me citó dentro de dos semanas a un concierto de Bach en el Teatro Regional del Maule. Ahí, sentado en la platea alta, y mientras escuchábamos la sublime interpretación de Erbarme dich de la Pasión según San Mateo, le relaté lo sucedido.

Resulta que hace tiempo, aproximadamente cinco meses, venía siendo acosado por una mancha negra que al parecer solo yo veía. Empecé notándola un día al cruzar la calzada en el centro de la ciudad. En plena calle 1 Sur me sorprendió una silueta sin forma que pasó delante de mí. Después ocurrió en la micro, la vi subir de repente en un paradero de la calle 2 Sur, para luego desaparecer entre los pasajeros. Y finalmente en el Seminario. En los pasillos, en la cafetería, en las canchas de fútbol, en la capilla de la entrada y en la biblioteca oscilando entre los estantes de filosofía y literatura.

En esas últimas apariciones pude notar dos cosas que me inquietaron. La primera era la constatación de que sólo yo la veía. Pues en todos esos lugares bullentes de fauna angelical nadie hacia acuso de aparición. Se lo comenté a mis hermanos y todos creyeron que bromeaba. Eso me lo confirmó, pero dudé si en realidad eran visiones o aquella mancha provenía de un repentino desperfecto ocular. Aquella disputa se la dejaría al oftalmólogo.

Lo segundo que pude notar fue que, con el tiempo, la mancha fue mostrando forma. En un principio era una sombra que cruzaba de un extremo a otro en mi campo visual. De sombra fue pasando a una especie de nube y después logré diferenciar una silueta. Lo extraño es que distinguí que tenía contornos femeninos. Esa típica figura como de guitarra con brazos y piernas. Y con esa idea pude separar las formas. Una cadera voluptuosa y sensual. La espalda pronunciada como riel de montaña rusa. Bellas y danzarinas piernas que viboreaban en el aire. Hasta conseguí ver una larga cabellera que le colgaba como densa cascada de cacao. Me estremecí cuando empecé a entender que efectivamente era una mujer.

Con el temor de aquel descubrimiento mi rutina diaria comenzó a naufragar. Tuve dudas de seguir en el Seminario. Pesqué un insomnio, y para equilibrar mis horarios me hice adicto al café. Sin poder dormir entré en lecturas de autores «prohibidos» que amenazaron con desajustar mi cuidada formación moral. Engullí al Marqués de Sade, Baudelaire, Juan Luis Martínez, Rodríguez Lira, Nietzsche, Bukowski y Rivano. Pero eso no fue lo peor. Todo acabó para mí cuando, en un intento desesperado por devolver un libro a tiempo en la biblioteca del Seminario, tuve un encuentro cercano con la mancha.

Estaba oscureciendo. Entré velozmente. Tal vez fue por eso que apenas noté lo vacío que se veía el campus. Llegué con la sola intención de tirar el ejemplar de la Suma Teológica de Tomás por el buzón y marcharme lo más aprisa, para no forzar una aparición inesperada. No obstante, cuando me devolvía pasó lo que quería evitar. Sorteando los árboles apareció la mancha, y venía directa a mí. Arranqué por los pasillos. Intenté salir del Seminario pero al interponerse en mi ruta me parapeté en la capilla. Creí que estaba a salvo, pero la mancha entró atravesando las puertas con inusual facilidad. Corrí al cubículo del confesionario y me escondí ahí. Grave error, la mancha me siguió y me atrapó fácilmente. Se me abalanzó sin dejarme tiempo para nada.

Siempre le había temido, había desarrollado en mi imaginación una serie de las más grotescas torturas por las que me haría pasar si me encontrase. Sin embargo el temor se disolvió cuando me tuvo para ella. La sombra dentro del cubículo se hizo tan palpable como un cuerpo puede serlo, y su silueta femenina se dejó ver. La larga cabellera me cubrió entero, me enredó con su sedosidad regida por iracunda destreza. Descubrí, escondidos abajo, dos senos firmes y pequeños que me miraron con sus pezones saltones. Me sentí gozosamente extasiado, y sin siquiera pensarlo los lamí, emborrachándome de lujuria. Los masajeé y amasé con ardiente deseo. Ella me amarró con sus piernas estrujándome con exquisito desenfreno. Su olor dulce me sedó. Besé su boca de arriba, y babeando por todo su cuerpo llegué hasta la boca de abajo, y también la besé. Nuestras lenguas se fundieron en caricias de jugosa eternidad. Como una brocha perdida en mí, su lengua se deslizó extasiada mientras yo bebía la deliciosa acidez de su leche púbica. Agarré con mis manos abiertas sus cachetes, grandes tambores de tribal son africano, y recorrí el surco que une su boca al negro ojo tuerto de su ano, que cerrado me guiñó húmedo para que lo besara. Ella se volteo y gimió como loba salvaje. Tomó con acrobática destreza mis testículos y los tiró elásticamente. Me apretó, y embutió su boca. Sentí el ardiente rocío de su lengua de bestia desesperada, hambrienta. Y finalmente, la explosión. El chorro intermitente de toda mi fuerza vertida en el confesionario. Las paredes de la vieja caseta quedaron regadas de leche. Y la ardiente mancha, con la cabellera sobre el rostro, después de dar el último suspiro, se esfumó. Como una voluta de vapor oscuro fue deshecha por la corriente de mi aliento. Ahí me quedé, desvanecido y solo. Vi la Biblia Latinoamericana y una estola azul de sacerdote, con la cual me limpié. Salí levitando de la cabina y en el altar una estatua, que ahora veía como un mono de yeso, me miró con sus ojos vidriosos. Para complacerlo dejé unas monedas en la alcancía y salí de la capilla.

Terminé de relatar y me callé. Interesante, dijo el consejero metafísico, y puso atención en la contralto que destacaba en la bella interpretación de la Pasión según San Mateo. Hubo silencio hasta que terminó el concierto. A la salida me dijo que mi tema era bastante frecuente. Había tenido recientemente un caso de un médico cirujano que era atormentado por manchas granates y niños deformes. El mío tenía solución sencilla. Caminamos juntos hasta la esquina de la calle, me extendió el papel de la receta y se marchó en un colectivo que llevaba, misteriosamente, un letrero con el número uno. Número que en el tarot representa al mago. Yo volví a mi casa en otro con el número veintidós que, según supe, es el del loco.

Desde ese último encuentro con la mancha no se me ha vuelto a aparecer. Quizás solo un par de veces en sueños, pero el consejero metafísico me advirtió que eso podría pasar. Con lo confundido que estaba, olvidé agradecerle en la cita que tuvimos. Bueno, en la siguiente reunión podré hacerlo con justo crédito, por lo efectivo que ha sido el tratamiento. Y aunque algunas de las indicaciones al principio me parecieron incómodas las he seguido al pie de la letra. Me recomendó lectura semanal del Marqués de Sade con textos escogidos al azar y algunos pasajes seleccionados de La Genealogía de la Moral de Nietzsche. Reemplazar la televisión por la radio. Paseos largos en bicicleta, por lo menos una vez al día. Comer preferentemente vegetales y frutos, mucho ají, pimentones y piñones, y optar por la carne de vacuno en su punto. Eso sí, lo que me ha costado más son las restricciones. Pero con el tiempo me he hecho una pequeña rutina que llevo para no tener algún riesgo asociado. He tomado en serio la advertencia sobre la filmografía del cine chileno, así es que trato de evitarla. También La prosa deprimente de Bukowski, la poesía soñadora de Teillier, y cualquier tipo de dogma. Nada de bebidas sedantes como la cerveza. Y lo más importante, y esto me lo advirtió en la receta subrayándolo con grandes letras rojas, nunca, pero nunca volver a dejar limosna en la alcancía de una capilla. Y esto sí que lo he cumplido religiosamente hasta ahora.

Mayo, 2010

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