Cordillera

Acabo de leer un texto, en mi teléfono, de despedida al escritor chileno Poli Délano, pues ha muerto hace poco. Dice que él llamaba a la cordillera “espía”. Estoy parcialmente de acuerdo. Se parece mucho a eso. Aunque para mi es una como una pared. Una muralla sobre la cual quiero mirar ¿Qué habrá al otro lado?, me pregunto siempre. Ahora, aquí, en la ciudad de Rancagua, me parece que es una pandereta que separa una patio de otro. Quiero empinarme para mirar. Quiero tomarla con las manos, encaramarme y ver hacia el otro lado.

Hipotéticamente, si decimos que el espacio es curvo, podría ponerme en punta de pies y mirar hacia el otro lado. La mirada pasaría haciendo un globito, una vaselina, un sombrerito. Bombearía el cielo para luego caer en los objetos que hay allende. Me parece lo más natural.

Se mueve conmigo. Es como una espía, es cierto. Aunque no el tipo de espía que persigue a alguien que padeció la dictadura como Délano. Los picos rocosos, cargados de nieve, están siempre ahí. Estiro las manos hacia ella y es como si pudiera subirme. Si me empino casi miro hacia el otro lado. Un pequeño saltito y tal vez vea que al otro lado hay una señora colgando la ropa en un tendedero larguísimo. O unos niños juegan a la pelota en una gran pradera.

Después de todo, es, más bien, como si yo fuera el espía que quiere mirar hacia el otro lado.

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