Vagina IV

Sacas el pene de la piel carnosa y blanda de la vagina e inmediatamente el tajo se cierra. Ves cómo sus labios se contraen lentamente. Una fosa pequeñita y ovalada que dice «o», al mismo tiempo que la boca de ella, su dueña, lanza un gemido también pequeñito. Te acercas y  asomándose con pudor hay un bultito rosado que apenas se ve. Y debajo, decorando esa carne fresca, una baba blanca que moja los bordes inferiores.

Adentro hay oscuridad. ¿Que se esconderá en el interior de una vagina abierta? ¿Habrán flores, campos abiertos de hierbas, o nubes de agua tibia? A veces quiero lanzarme en ese hoyo que nadie sabe a dónde llega. Quiero zambullirme y meterme por ahí. Tal vez quede adentro de esa mujer, y pase a ser ella y actúe, camine y me mueva como ella. Quizás estando ahí vea, como en esas salas de vigilancia donde hay muchas pantallas, sus pensamientos y sepa por fin lo que piensa. Y pueda ver lo que tiene en su pecho, y sienta lo que ella siente por la gente que ve, y sepa, de esta manera, si ella me ama o solo finge.

Quizás en ese hoyo negro no hay nada. Y la negrura de ese orificio es igual a la de sus ojos cuando la miro. La que reemplaza sus ojos cuando los busco.

Tal vez esas dos negruras son la misma. Un abismo negro y vacío que parecen estar vivos pero sin nadie que pueda encontrar jamás.

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